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Cuando decir que no parece imposible: cómo se construyen los límites y por qué pueden reaprenderse

La dificultad para poner límites no es un rasgo de personalidad fijo: se moldea en los primeros años de vida y, según especialistas en salud mental, puede trabajarse en un proceso terapéutico. Cuáles son las dos modalidades más frecuentes, qué consecuencias físicas y emocionales traen y de qué manera revertirlas.

FP
Florencia PereyraSociedad y educación · · 3 min de lectura
Cuando decir que no parece imposible: cómo se construyen los límites y por qué pueden reaprenderse

Florencia Pereyra, Sociedad y educación — La imposibilidad de decir que no constituye, según los desarrollos actuales de la psicología clínica, uno de los motivos de consulta más recurrentes en los consultorios de adultos. Aunque suele presentarse como un rasgo de personalidad, la literatura especializada coincide en que se trata de una estructura que se construye en los primeros años de vida y que, por lo tanto, puede revisarse. La afirmación central que comparten quienes trabajan con estos cuadros es que el límite no se opone al vínculo; por el contrario, forma parte de él.

Qué cambia en la vida adulta cuando no se aprende a poner límites

Cuando el proceso de aprendizaje no se completa de manera adecuada, aparecen dos patrones opuestos que suelen observarse en la práctica clínica. El primero corresponde a quienes aprendieron, en la infancia, que el propio deseo podía resultar molesto o que la negativa implicaba un riesgo para la relación. De adultos, tienden a aceptar situaciones que no desean, toleran tratos que les resultan dañinos y asumen responsabilidades que no les corresponden.

El segundo patrón, inverso pero igualmente problemático, es el de quienes no toleran el límite ajeno. Cualquier negativa se experimenta como una ofensa o un desafío, y las relaciones tienden a organizarse en torno a la voluntad de esa persona, lo que a mediano plazo las vacía de contenido. Ambas modalidades, según los especialistas, comparten un origen común: una imagen frágil de sí mismo que necesita confirmarse, en un caso cediendo y en otro venciendo.

A quién alcanza: las consecuencias concretas de no poder decir que no

Los costos de no poner límites no se limitan al plano emocional. Quienes consultan por esta dificultad suelen presentar, según la observación clínica, cuadros de ansiedad, un cansancio que ningún descanso logra resolver porque responde a un agotamiento de origen psíquico y un resentimiento que se acumula con el tiempo. Cuando la palabra no llega, el cuerpo suele ocuparse de poner los límites que la persona no supo poner: aparecen dolores sin causa orgánica identificable, alteraciones del sueño y síntomas físicos que funcionan como expresión de aquello que no pudo decirse.

La buena noticia que destacan los profesionales de salud mental es que esta configuración no constituye un rasgo inmodificable. Un proceso terapéutico adecuado ofrece, según describen, el espacio para aprender a decir «hasta acá» sin que ello se viva como una traición al otro, y para construir un punto intermedio que no es ni sumisión ni imposición: la posibilidad de negar algo sin culpa y de escuchar una negativa sin experimentarla como una amenaza.

Desde cuándo: el origen en la primera infancia

La construcción del límite se inicia en los primeros meses de vida. El bebé requiere que un otro lo contenga, lo rechace cuando hay peligro y lo haga esperar antes de la satisfacción. Aunque en el momento ese desencuentro se vive como frustración, esa experiencia resulta necesaria para diferenciar el yo del otro y el deseo de la realidad. Cuando ese proceso se completa de modo adecuado, la persona desarrolla la capacidad de poner límites y de reconocer los ajenos; cuando no, queda fijada en alguno de los dos patrones descritos, con las consecuencias mencionadas.

En definitiva, según sostienen los profesionales consultados, decir que no a tiempo suele implicar un costo afectivo real —arriesgar un vínculo con alguien de quien se depende, emocional o económicamente—, pero ese costo resulta, en general, menor que el de sus alternativas: la enfermedad, el agotamiento crónico o el deterioro progresivo de las relaciones personales.

FP
Florencia PereyraSociedad y educación

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