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El perfil del cuidador crónico: vínculos útiles, amistades escasas

La psicología clínica describe a personas socialmente activas y competentes que, al llegar a la madurez, descubren que sus relaciones estuvieron sostenidas por lo que aportaban y no por afecto recíproco. Especialistas advierten que reconocer esa dinámica a tiempo es clave para reconstruir una red de apoyo genuina.

FP
Florencia PereyraSociedad y educación · · 3 min de lectura
El perfil del cuidador crónico: vínculos útiles, amistades escasas

Llegar a los sesenta años sin un círculo íntimo de contención no constituye, en la mayoría de los casos, un indicio de aislamiento autoimpuesto ni de torpeza social. La psicología clínica identifica un perfil en apariencia contradictorio: el de personas que durante décadas funcionaron como sostén de sus familias, de sus equipos de trabajo y de sus comunidades, y que al atravesar la madurez descubren que la arquitectura de sus vínculos dependió, en buena medida, de la utilidad que ellas mismas ofrecían. El fenómeno, lejos de ser excepcional, es descrito por especialistas como una consecuencia esperable de lo que denominan cuidado compulsivo o identidad sostenida en la disponibilidad permanente.

Qué cambia con el paso del tiempo

De acuerdo con el informe difundido por la sección Sociedad y educación a partir de la producción de la columnista Florencia Pereyra, la persona que ocupa ese rol escucha, media y resuelve con frecuencia, pero rara vez recibe la misma atención de vuelta. Con el paso de los años, el entorno interioriza esa asimetría: la persona fuerte, según la lectura que hacen los demás, no necesita ayuda porque está ahí, por definición, para darla. El mecanismo se vuelve visible cuando las circunstancias cambian, por ejemplo cuando se produce una salida del mercado laboral, una pérdida personal significativa o cualquier crisis que desplace el eje hacia quien solía sostener a los otros.

Investigaciones sobre dinámica de grupos humanos, entre ellas las desarrolladas en el Massachusetts Institute of Technology, confirman que los lazos construidos casi exclusivamente sobre la función tienden a colapsar cuando el contexto se modifica. La reciprocidad, en cambio, genera vínculos que sobreviven a esas transiciones y que no quedan atados a un rol específico.

A quién alcanza y desde cuándo

  • A personas que ejercieron durante años el rol de cuidadoras o referentes emocionales en sus familias extensas, círculos de amigos y ámbitos laborales.
  • A quienes están ingresando o atravesando la franja de los cincuenta y sesenta, momento en que la psicología clínica suele ubicar la reorganización de la red social en torno a la jubilación o a cambios de etapa.
  • A quienes perciben que su entorno se adelgazó tras perder la utilidad funcional que justificaba, para los demás, el vínculo.

La psicóloga Florencia Pereyra, autora de la nota de referencia, explica que otro obstáculo concreto es la dificultad para solicitar ayuda. Quienes ejercieron el rol de cuidadores durante años asocian pedir auxilio con una amenaza a su autoestima, ya que mostrar vulnerabilidad resulta incómodo porque contradice la imagen que construyeron. Esa incomodidad los lleva a atravesar crisis propias en soledad, aun cuando existan personas físicamente cercanas.

La salida que propone la psicología, según se detalla en el informe, no consiste en dejar de cuidar a otros sino en habilitar la reciprocidad. Esa transformación requiere, en primer lugar, comunicar las necesidades propias sin esperar que el entorno las adivine y, en segundo término, revisar qué vínculos se sostienen únicamente por la utilidad que uno aporta. Cuanto antes se trabaje sobre ese patrón, mayor será el margen disponible para construir relaciones de intercambio genuino antes de que la red social se reorganice definitivamente en torno a la jubilación y a los cambios propios de la nueva etapa vital.

FP
Florencia PereyraSociedad y educación

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