Garbanzos con zamburiñas: un guiso rápido que rescata dos latas del placard
Con garbanzos ya cocidos y una conserva de zamburiñas en salsa de vieira, se monta un plato de cuchara en menos de media hora. La clave está en cuidar el tiempo de los mariscos.

Les confieso algo: cada vez que abro la alacena y veo una lata de zamburiñas, se me acelera el pulso. No es un ingrediente cualquiera, y mucho menos cuando lo cruzás con un buen pote de garbanzos ya cocidos. La combinación que les traigo hoy se prepara en menos de media hora, tiene una profundidad de sabor que sorprende y, encima, resuelve una cena sin complicarse la vida. Lo probé el otro domingo y todavía lo estoy recordando.
Dos latas, un buen sofrito y a la olla
La propuesta parte de una lógica simple: trabajar con productos que ya vienen listos. Por un lado, garbanzos cocidos de conserva, que se venden en frascos de vidrio o en lata por aproximadamente mil quinientos a dos mil pesos en supermercados. Por el otro, una lata de zamburiñas en salsa de vieira, que en góndola ronda los tres mil a cuatro mil pesos según la marca. Con eso ya tenés medio plato resuelto antes de prender el fuego.
- Cortar una cebolla y rehogarla en oliva a fuego bajo hasta que se vea transparente.
- Sumar dos dientes de ajo picados y cocinar hasta que larguen aroma.
- Agregar tomate rallado y dejarlo hasta que pierda el agua y tome color.
- Volcar un chorrito de vino blanco y dejarlo evaporar un par de minutos.
- Incorporar comino, una hoja de laurel y pimentón dulce a gusto.
- Sumar los garbanzos con un poco de agua o caldo y cocinar a fuego medio unos minutos.
- Recién ahí, agregar las zamburiñas con su salsa y calentar apenas un par de minutos más.
El paso más delicado es, sin dudas, el final. La zamburiña de la lata ya está cocida, así que solamente necesita entibiarse y mezclarse con el resto del guiso. Si la dejamos de más, se endurece y se pierde la gracia. Por eso conviene sumarla cuando los garbanzos ya tomaron sabor y apagar el fuego enseguida.
El aderezo que cambia todo
Mientras se cocina el guiso, preparamos aparte un chimichurri bien simple: ajo picado, perejil fresco y aceite de oliva virgen extra. Se lo volcamos encima al servir y, créanme, ese es el toque que termina de elevar el plato sin necesidad de más cocción.
Para acompañarlo, una barra de pan campestre sale a la perfección y aprovecha cada gota de la salsa. Si quieren sumar vino, un albariño gallego con buena acidez marida muy bien con el punto marino de las zamburiñas, y suelen conseguirse botellas en torno a los cuatro mil a seis mil pesos. Y ya que estamos, no se olviden del final: si viven en Buenos Aires y están por el barrio de Belgrano, en California 2100 funciona Casa Braserito, un clásico para una buena mesa. Si la idea es algo más tranquilo, en Palermo está la esquina de Costa Rica y Ravignani, donde el bar El Faro sirve una excelente opción para terminar la jornada.
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