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La caída silenciosa de la lactasa: cuando los lácteos empiezan a sentar mal en la adultez

La reducción de la enzima que digiere el azúcar de la leche es un proceso gradual que suele manifestarse entre los veinte y los treinta años y que obliga a repensar la alimentación sin resignar nutrientes clave.

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Florencia PereyraSociedad y educación · · 4 min de lectura
La caída silenciosa de la lactasa: cuando los lácteos empiezan a sentar mal en la adultez

La escena se repite con frecuencia en la consulta y en la mesa familiar: una persona que durante años consumió leche, yogur o queso sin reparar en ello comienza a experimentar hinchazón, dolor abdominal o diarrea tras una comida cotidiana. Detrás de esas molestias se esconde, en la enorme mayoría de los casos, un fenómeno fisiológico conocido como intolerancia a la lactosa, que responde a la caída progresiva de la producción de lactasa, la enzima que el intestino delgado fabrica para desarmar el azúcar de la leche y permitir su absorción.

De acuerdo con la literatura médica de referencia y con los manuales de gastroenterología consultados por este medio, durante la infancia la producción de lactasa suele ser elevada, una herencia de la etapa en la que la leche constituye el alimento principal. Con el paso de los años, esa producción puede reducirse y, cuando la disminución es significativa, una porción de la lactosa llega sin digerir al intestino grueso. Allí las bacterias de la microbiota la fermentan y generan gases, distensión y cólicos. Además, la lactosa no absorbida atrae agua hacia la luz intestinal, lo que puede derivar en deposiciones blandas o diarrea.

Qué cambia en el organismo

El cuadro clínico suele describirse como funcional y adquirido: no se trata de una enfermedad en sentido estricto, sino de una variante del funcionamiento digestivo que se manifiesta de manera progresiva. Los especialistas consultados explican que la edad de aparición más frecuente se ubica entre los veinte y los treinta años, aunque el rango puede extenderse hasta décadas posteriores, ya que la velocidad de caída de la enzima varía de una persona a otra. La herencia genética cumple un papel determinante: el cuadro es más prevalente en personas de ascendencia asiática oriental, nativa americana y africana occidental, y resulta menos común en poblaciones del norte de Europa, una diferencia que la bibliografía científica vincula con la historia de cada grupo en torno de la cría de animales lecheros y del consumo sostenido de sus derivados a lo largo de generaciones.

A quiénes alcanza y cómo se reconoce

  • Hinchazón abdominal y sensación de distensión tras consumir productos lácteos.
  • Dolor o retortijones en la parte baja del vientre, que ceden al eliminar los gases.
  • Flatulencia aumentada, con presencia de borborigmos intestinales.
  • Heces blandas, ácidas o explosivas y, en algunos casos, diarrea franca.
  • Náuseas ocasionales, en particular cuando la ingesta de lactosa es elevada o se realiza en ayunas.

Según detallan los manuales de gastroenterología, los síntomas suelen aparecer entre treinta minutos y dos horas después de la ingesta, y su intensidad depende tanto de la cantidad consumida como del resto de los alimentos presentes en la comida. Una persona puede tolerar una porción pequeña de yogur o un trozo de queso maduro y reaccionar en cambio ante un vaso grande de leche, mientras que otra presenta molestias con cantidades mínimas. La coexistencia con trastornos funcionales como el síndrome de intestino irritable puede amplificar el cuadro, dado que el umbral de sensibilidad visceral ya se encuentra modificado.

Intolerancia y alergia no son lo mismo

La confusión entre ambos cuadros es frecuente en la consulta ambulatoria, y los profesionales insisten en la necesidad de diferenciarlos. La alergia a la leche de vaca, explican las guías de la especialidad, es una reacción del sistema inmunitario frente a las proteínas lácteas, puede provocar urticaria, edema, vómitos, eccema y, en los casos más severos, dificultad respiratoria, y tiende a manifestarse en la primera infancia. La intolerancia, en cambio, responde a una digestión incompleta de la lactosa por déficit de lactasa y no involucra al sistema inmunológico, por lo que sus manifestaciones se circunscriben al aparato digestivo y rara vez ponen en riesgo la vida del paciente.

Cómo se confirma y desde cuándo intervenir

Para confirmar la sospecha diagnóstica, los servicios de gastroenterología disponen de la prueba de hidrógeno espirado, un estudio ambulatorio en el que la persona ingiere una dosis estandarizada de lactosa y se registran sus exhalaciones durante aproximadamente cuatro horas. Un incremento marcado de hidrógeno en el aire espirado indica que las bacterias del colon fermentaron la lactosa que el intestino delgado no alcanzó a absorber. No obstante, en muchos casos la confirmación se realiza de manera más simple, mediante la suspensión de los lácteos durante un período breve —habitualmente entre dos y cuatro semanas— y la observación de la respuesta clínica. Si los síntomas desaparecen, se reintroducen los productos de forma gradual para identificar el umbral de tolerancia individual. La intervención, subrayan los especialistas, no consiste en eliminar todos los lácteos de manera tajante, sino en aprender a manejarlos: elegir quesos duros con bajo contenido de lactosa, preferir yogur con probióticos, incorporar leche sin lactosa o recurrir a fuentes alternativas de calcio, como vegetales de hoja verde, legumbres, frutos secos y pescados con espinas comestibles, para sostener la salud ósea y nutricional a largo plazo.

Florencia Pereyra, Sociedad y educación

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Florencia PereyraSociedad y educación

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