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Viernes, 16 de octubre de 2026
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La chica de la aguja: la Copenhague de posguerra que se mira en blanco y negro

Magnus von Horn lleva a la pantalla un caso criminal real de Dinamarca y lo convierte en un retrato crudo de la maternidad sin recursos después de la Primera Guerra Mundial. Una película para ver con tiempo y dejarse llevar por su ritmo.

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Elena HughesCultura y herencia galesa · · 3 min de lectura
La chica de la aguja: la Copenhague de posguerra que se mira en blanco y negro

Cada vez que alguien me habla de películas europeas que se animan a contar lo que duele, me acuerdo de esas tardes de lluvia en el valle, cuando mi abuela me contaba historias de mujeres que habían pasado hambre y aun así habían sacado adelante a sus hijos. Por eso cuando vi La chica de la aguja, la película que el director sueco-polaco Magnus von Horn estrenó en 2024, sentí que volvía a ese mismo lugar. No es un film fácil ni amable: es una obra que se planta frente al espectador y le muestra, sin adornos, lo que significaba ser una mujer pobre en una ciudad europea en ruinas después de la Primera Guerra Mundial.

La historia sigue a Karoline, una joven trabajadora embarazada que vive en una Copenhague marcada por las privaciones y las distancias sociales de la posguerra. Karoline no tiene cómo resolver su situación, y entonces aparece Dagmar, un personaje central interpretado por la actriz danesa Trine Dyrholm, que se presenta como alguien capaz de conseguir familias dispuestas a recibir a los bebés de madres que no pueden criarlos. Para Karoline, esa oferta representa una salida frente a un futuro incierto.

Un caso criminal real como punto de partida

Lo que vuelve a esta propuesta especialmente interesante es que la ficción se sostiene sobre un caso criminal que efectivamente ocurrió en Copenhague. Von Horn toma ese hecho y lo entrelaza con un drama íntimo: la maternidad atravesada por la falta de recursos, la soledad y las decisiones imposibles. El resultado combina el suspenso del policial con un retrato social que no necesita grandes discursos para dejar en claro cuál era el lugar que la sociedad le reservaba a las mujeres en esa época.

A medida que avanza el relato, las dudas sobre Dagmar y sobre el destino de los bebés van modificando el sentido de ese encuentro. La información se revela de manera gradual, y la confianza entre los personajes queda atravesada por la sospecha, lo que mantiene al espectador pendiente de cada escena sin necesidad de golpes de efecto.

El blanco y negro como decisión artística

La puesta en escena merece una mención aparte. La fotografía en blanco y negro no es un capricho estético: acompaña el tono de la película y refuerza la sensación de encierro que transmiten los espacios. Von Horn muestra una ciudad alejada de cualquier mirada idealizada del período, con ambientes que parecen oprimir a los personajes y que dejan en evidencia la distancia entre quienes sobrevivían en la calle y quienes podían darse el lujo de mirar desde lejos.

  • Está basada en un caso criminal real ocurrido en Copenhague, lo que le da una densidad histórica particular.
  • La actuación de Trine Dyrholm como Dagmar sostiene gran parte del peso emocional de la historia.
  • Aborda la maternidad en condiciones de pobreza sin caer en el golpe bajo ni en el melodrama.
  • La fotografía en blanco y negro aporta una atmósfera opresiva que refuerza el tema central.
  • Plantea, sin sermones, qué margen real de elección tiene una persona cuando le faltan recursos y apoyo.

A mí, personalmente, me dejó pensando varios días en esas preguntas que la película no responde en voz alta pero que quedan flotando: cuántas veces la historia oficial miró para otro lado frente al sufrimiento de las mujeres más humildes, y cuántas veces las llamadas soluciones no eran más que otra forma de violencia. La chica de la aguja no busca conmover con facilidad, pero si uno se deja llevar por su ritmo, termina interpelando de una manera que cuesta sacudirse. Si andan en busca de un film europeo con peso, con actores enormes y con un tema que todavía hoy sigue vigente, les diría que se acerquen al cine más cercano y le dediquen una tarde. A veces una buena película, como una buena historia bien contada al lado del fuego (en galés, junto a la chimenea se dice 'wrth y tân'), nos recuerda que mirar de frente lo que ocurrió es el primer paso para entender el presente. Los espero en la próxima función.

EH
Elena HughesCultura y herencia galesa

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