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La estampida de los centros de datos empuja a la red eléctrica estadounidense al borde de su capacidad

El consumo de electricidad para inteligencia artificial se cuadruplicó en cinco años y las proyecciones oficiales indican que podría triplicarse otra vez antes de 2030, mientras la construcción de líneas y subestaciones no alcanza a seguir el ritmo de las inversiones tecnológicas.

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Benjamín OwenTecnología y ciencia · 27 DE AGO DE 2026 · 4 min de lectura

La inteligencia artificial dejó de ser solo una cuestión de software y algoritmos. Hoy se asienta sobre edificios enormes llenos de procesadores que funcionan las veinticuatro horas y que demandan una cantidad de electricidad comparable a la de ciudades enteras. Ese consumo empezó a transformarse en uno de los principales cuellos de botella del sector y ya pone en jaque al sistema eléctrico de Estados Unidos.

Un relevamiento del Lawrence Berkeley National Laboratory, difundido por el Departamento de Energía, calculó que los centros de datos estadounidenses absorbieron alrededor de 176 teravatios hora en 2023, es decir, el 4,4 por ciento de toda la electricidad consumida en el país. En 2018 esa participación rondaba apenas el 1,9 por ciento. Para dimensionarlo de manera doméstica, equivale a que cada cinco años esos edificios pasen de consumir lo que gasta una gran provincia a alimentarse como una megalópolis industrial.

Las proyecciones oficiales para 2028 ubican la demanda entre 325 y 580 teravatios hora, lo que representaría entre el 6,7 y el 12 por ciento del consumo eléctrico total. Para entender la diferencia entre el extremo bajo y el extremo alto de esa proyección hay que pensar que la incertidumbre depende de cuántas plantas chicas entren en operación, cuánta gente use herramientas de inteligencia artificial a diario y qué tan eficientes sean los nuevos chips.

Por qué la red no alcanza

El problema no se reduce al volumen. Una nave de este tipo se levanta en pocos meses, mientras que una línea de transmisión de alta tensión, una subestación transformadora o una central generadora pueden tardar entre tres y cinco años en habilitarse, sumando permisos ambientales, licitaciones y obra civil. Esa diferencia de tiempos funciona como una cocina en la que el hornalla a máxima potencia pero la cañería tiene la mitad del diámetro: el agua se acumula y termina desbordando.

En distintas regiones del país ya aparecieron restricciones de capacidad que obligan a las empresas a esperar varios meses para recibir una conexión firme a la red. Algunas firmas incluso negocian contratos con generadores locales para construir plantas de gas natural dedicadas exclusivamente a sus instalaciones, lo que acelera la oferta eléctrica pero complica los planes ambientales de cada estado.

  • El operador anuncia una inversión de varios miles de millones de dólares para levantar un centro de datos en una localidad pequeña.
  • La compañía pide conectarse a la red regional, pero la subestación más cercana ya opera al límite de su capacidad.
  • Las autoridades energéticas abren un proceso para reforzar la red, con plazos de entre tres y cinco años.
  • Mientras tanto, el centro de datos se construye igual y debe abastecerse con generadores propios a gas o diésel, que elevan los costos y las emisiones.
  • La inauguración se retrasa o se muda a otra región con disponibilidad eléctrica, lo que redistribuye la presión sobre el sistema.

El atractivo financiero del negocio ayuda a explicar la velocidad del fenómeno. En su segundo trimestre fiscal de 2027, NVIDIA reportó ingresos por 96.221 millones de dólares, un 106 por ciento más que un año antes. La división de centros de datos aportó unos 89.000 millones, casi el 93 por ciento del total, con un crecimiento interanual del 117 por ciento. Su fundador y director ejecutivo, Jensen Huang, sostuvo en la presentación de resultados que la capacidad de cómputo se convirtió en una fuente de ingresos por sí misma. Las cifras muestran que las empresas amplían infraestructura a un ritmo pocas veces visto en la historia industrial reciente.

El factor comunitario

A la presión sobre las redes se suma la resistencia de los vecinos. Durante 2025, al menos 48 proyectos por unos 156.000 millones de dólares fueron bloqueados o demorados por la oposición de comunidades locales, preocupadas por el ruido de los ventiladores, el consumo de agua, el impacto visual y la posible suba de tarifas eléctricas. Las disputas suelen terminar en audiencias públicas, demandas judiciales y revisiones de zonificación, lo que agrega otro cuello de botella al cronograma de obras.

Qué falta para que llegue a la gente: el sistema eléctrico estadounidense necesita inversiones coordinadas entre operadores de red, reguladores estatales y empresas tecnológicas para ampliar líneas de transmisión, modernizar subestaciones y autorizar nuevas centrales, incluidos proyectos nucleares pequeños y parques solares con almacenamiento. También hacen falta estándares uniformes de eficiencia energética para los centros de datos y mecanismos transparentes para que las comunidades anfitrionas participen en la planificación y reciban compensaciones por el impacto local. Sin esos pasos, la carrera por alimentar a la inteligencia artificial chocará cada vez con más pared.

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Benjamín OwenTecnología y ciencia

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