Linternas, el cuerpo verde que se calza el sombrero del oeste
La nueva serie de HBO Max cambia el cosmos por las rutas del interior estadounidense y le imprime a los Linternas Verdes una estética de thriller policial con alma de western, apoyada en el reencuentro de dos actores que ya habían cruzado caminos en una película de los Coen.

A mí, cada vez que alguien pronuncia la palabra «linterna», me vuelve a la memoria una tarde en el valle cuando mi abuela abría el ropero y sacaba una vieja lámpara de kerosene que mi bisabuelo había traído en barco desde Cardiff. Era una modest lampara de aceite, le decía ella, pasando del castellano al galés como quien cruza un portón sin darse cuenta, y me explicaba que en la casa de sus padres, en la Patagonia, esa pieza única bastaba para iluminar la cocina entera durante los cortes de luz. Por eso, cuando me enteré de que los Linternas Verdes aterrizaban en la pantalla chica convertidos en una especie de sheriffs interestelares con aire de cowboy del centro de los Estados Unidos, sentí que algo de ese cruce entre lo cotidiano y lo mítico estaba, por fin, encontrando su lugar en una serie.
La producción que acaba de llegar a HBO Max parte de una idea tan sencilla como eficaz: tomar a dos personajes arquetípicos del universo DC, John Stewart y Hal Jordan, y mandarlos a investigar un asesinato en pueblos atravesados por rutas largas y atardeceres anaranjados, más cerca del registro de Fargo que del espectáculo cósmico al que nos tiene acostumbradas las películas de superhéroes.
Dos verdes con pasado y un crimen que no cierra
El motor de la historia es la dupla que forman un Linterna novato, John Stewart, interpretado por Aaron Pierre, y un veterano curtido, Hal Jordan, al que le pone el cuerpo Kyle Chandler. Stewart acaba de incorporarse al cuerpo y todavía se codea con la disciplina y el protocolo; Jordan carga con una historia personal dentro de la organización y con la sospecha permanente de que las cosas nunca son lo que parecen. Lo que empieza como la pesquisa de un crimen en el interior de los Estados Unidos se va abriendo, episodio a episodio, como una herida que muestra capas más profundas, y ahí es donde la serie encuentra su pulso.
A ese núcleo lo rodean dos personajes que terminan de anclar el relato en el registro policial: la sheriff Kerry Kane, a quien Kelly Macdonald le imprime una autoridad silenciosa, y Will Macon, el líder de una milicia que se prepara para una eventual invasión alienígena, al que Garret Dillahunt convierte en un civil al margen de la ley con aires de predicador y de provocador. El elenco secundario funciona como esa red de sospechosos y testigos que uno espera encontrar en una novela de misterio clásico.
El reencuentro que no es casualidad
Hay un detalle que a mí, como espectadora, me sacó una sonrisa inevitable: Macdonald y Dillahunt ya se habían cruzado en No es país para viejos, la película de 2007 de Joel y Ethan Coen que se llevó el Oscar a la Mejor Película. Allí ella interpretaba a la esposa del protagonista y él a un ayudante del sheriff; aquí los roles se dan vuelta, porque ella es la jefa policial y él un civil que se mueve en la otra vereda. La conexión, según cuentan quienes siguieron la producción, no es solo una curiosidad de casting: ambas obras comparten una estética cruda, una violencia contenida y una mirada muy cerca del western, con paisajes abiertos y diálogos que pesan más de lo que parecen.
Ciencia ficción con polvo de ruta
Lo más interesante de Linternas es, a mi entender, esa decisión de mezclar ciencia ficción y mitología de superhéroes sin perder el realismo del género. No estamos ante una aventura en el espacio ni ante una amenaza planetaria a lo grande; estamos ante pueblos con sus secretos, milicias paranoicas, sheriffs que intentan hacer su trabajo con lo que tienen y dos tipos vestidos de verde que aparecen como mensajeros de algo que todavía no se nombra. La estética cruda, los paisajes abiertos y la violencia contenida remiten tanto al thriller de investigación como al western contemporáneo, y ese cruce es, a la vez, la apuesta más arriesgada y el mayor acierto de la serie. Para quienes venimos del policial o del misterio, la puerta de entrada es mucho más amigable que en otras producciones del género.
Yo, la verdad, los invito a darle una oportunidad: pónganla en pantalla una noche tranquila, con el volumen bajo y la luz apagada, y déjense llevar por la ruta. Y si en algún momento aparece un galicismo de mi infancia, ya saben que es la lengua de mis abuelos pidiendo permiso para entrar, porque, como me enseñó mi tía en Gales, no hay mejor linterna que la de una historia bien contada.
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