Margay, la reserva de Misiones donde el arroyo se cruza en kayak y la selva se cuida a pulso
A 40 kilómetros de El Soberbio y 290 de Iguazú, un lodge de cuatro cabañas combina caminatas, navegación y un vivero que produce hasta 200.000 plantines por año. Una escapada de dos o tres días para meterse de lleno en la selva paranaense.

Les cuento lo que me pasó cuando me senté a armar la valija para conocer Margay: por primera vez en mucho tiempo no sabía si meter primero el short de trekking o la malla para meterme al agua. Y eso, ya se los digo, es la mejor señal de que el destino vale la pena. Margay es una reserva privada de Misiones que está a unos 40 kilómetros de El Soberbio y a 290 de Puerto Iguazú, y la clave es que mezcla monte, arroyo y un trabajo serio de conservación que se nota apenas uno empieza a caminar.
La recomendación de la gente del lugar es clara: quedarse entre dos y tres días. Es el tiempo justo para no andar corriendo, poder hacer un sendero largo con guía, remar en kayak por el arroyo Paraíso y, sobre todo, sentarse un rato en el deck a mirar cómo cae la tarde sobre el agua. Si todavía les queda energía, El Soberbio queda cerca y funciona como base para ir a los Saltos de Moconá, así que la escapada se puede estirar sin problema.
Qué llevar en la mochila
Como les decía, el equipaje tiene que estar preparado para dos mundos: el de las caminatas por la selva y el del agua. Lo mínimo e indispensable es una muda para mojarse, calzado de trekking con buen agarre, pantalón largo y camisa de manga larga para protegerse de los mosquitos y el roce del monte. De noche refresca, así que un buen abrigo no sobra. Y no se olviden del repelente, protector solar, sombrero y anteojos de sol. Si pueden, vayan en febrero o marzo: el clima ayuda y la vegetación está en su mejor momento.
El lodge: cuatro cabañas, deck sobre el arroyo y pescado en hoja de banano
El alojamiento es chico y a conciencia: son cuatro cabañas apoyadas sobre la ribera del arroyo Paraíso, rodeadas de vegetación. Desde el deck se desayuna y se merienda mirando el agua, algo que tiene lo suyo cuando uno viene de la ciudad. La cocina va por el lado de preparaciones frescas, orgánicas y con identidad misionera. Y de noche la propuesta pasa por juntarse alrededor del fogón, charlar sobre la cultura guaraní y comer pescado cocinado en hojas de banano, una de esas experiencias que justifican el viaje entero.
Qué hacer durante el día
- Recorrer los senderos autoguiados o salir con un guía profesional que explica cómo es el monte, qué plantas se usan y qué animales se cruzan en el camino.
- Bajar el arroyo en kayak, que es una de las mejores formas de ver la selva desde otro ángulo y de meterse de lleno en el paisaje.
- Visitar el vivero Kawsay, donde se producen entre 100.000 y 200.000 plantines por año de especies nativas, destinados a recuperar ambientes degradados y al arbolado urbano.
Lo que más me gusta de Margay es que el turismo y la conservación van de la mano, y eso se nota en cada rincón. La reserva ocupa 65 hectáreas dentro del área de amortiguación de la Reserva de Biosfera Yabotí, que protege nada menos que 253.000 hectáreas de selva paranaense. Ahí trabajan con plantas como el palo amargo, hacen seguimiento de fauna con cámaras trampa para ayudar a reducir la caza y desarrollan sistemas agrícolas que mezclan cultivos y árboles nativos para recuperar suelos y biodiversidad. Dentro de ese esquema aparece el proyecto M2 x Naturaleza, que busca restaurar superficies de selva afectadas por la producción y por incendios.
Si tienen que armar la ruta: el punto de referencia más claro es El Soberbio, que está a unos 40 kilómetros, y desde ahí se sale y se vuelve en el día sin problema. Como me dijo alguien del equipo mientras hablábamos del lodge: "Acá la idea es que la gente se vaya entendiendo por qué este pedazo de selva sigue en pie". Y la verdad es que se entiende. Después de cruzar el arroyo en kayak, caminar entre los árboles y ver cómo nacen los plantines en el vivero, uno vuelve cambiado. Para comer, antes de volver a la ruta les recomiendo preguntar en el lodge por la cocina de la zona y, si les queda tiempo, almorzar en El Soberbio, donde se come bien, abundante y a precio razonable. La vuelta a Iguazú son 290 kilómetros que, créanme, se hacen pensando en cuándo volver.
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