Pipa, el balneario brasileño donde los delfines se sirven en bandeja y las olas se llaman turistas
Once playas con perfiles distintos, acantilados rojos que parecen pintados a mano y una historia que empezó cuando los portugueses confundieron una roca con un barril. A una hora y media de Natal, este pueblo del noreste brasileño se ganó un lugar propio en el mapa del surf y, ahora, en la agenda del turismo argentino.

Les confieso algo: cada vez que un amigo vuelve de Brasil con una foto de un acantilado rojo y un delfín saltando al fondo, me pasa lo mismo. Miro la imagen, pienso en las playas que conozco y me queda esa sensación de haberme perdido algo. Esa sensación tiene nombre y lugar: Pipa, un balneario del estado de Río Grande del Norte que durante años fue secreto de surfistas y hoy empieza a sonar con fuerza entre los viajeros argentinos que buscan algo distinto a Buzios o Florianópolis.
Para llegar hay que ir hasta Natal, y eso ya es una ventaja: desde Buenos Aires hay vuelos directos, así que el tramo más largo del viaje se resuelve en avión. Una vez en Natal, Pipa queda a una hora y media en auto por una ruta que atraviesa plantaciones de caña y algún que otro puesto de frutas al costado del camino. El traslado se puede reservar antes o contratarlo ahí mismo, en la terminal o a la salida del aeropuerto.
Un nombre que viene de un barril
El origen del topónimo es de esos que uno imagina cuando le cuentan la historia. En el siglo XVII, los portugueses que recorrían esta costa divisaron desde el mar un acantilado con forma curva. Les recordó a los barriles de madera que cargaban en las bodegas de sus navíos. En portugués de Portugal, pipa significa exactamente eso: barril. La palabra quedó pegada al pueblo y se quedó para siempre.
Durante décadas Pipa fue territorio casi exclusivo de pescadores. En los años ochenta, un puñado de surfistas la descubrió, el rumor corrió como corren esas cosas, de tabla en tabla, y el lugar empezó a crecer. Lo hizo sin perder del todo esa escala humana que todavía hoy lo separa de los gigantescos resorts del nordeste brasileño.
Once playas, once maneras de pasarla bien
- Praia do Amor: la más fotografiada. Vista desde lo alto del acantilado dibuja un corazón perfecto y el oleaje es el más fuerte de la zona, ideal para surfistas. En marea alta se baja por una escalera tallada en la roca; con marea baja, se puede caminar por la arena.
- Praia do Centro: la versión tranquila. Aguas calmas, pozas naturales que quedan al descubierto con la bajante y una hilera de barcos de pescadores que conviven con los turistas.
- Baía dos Golfinhos: bahía que cumple lo que promete. Los delfines se acercan a comer cerca de la orilla y se los puede ver sin pagar excursión ni contratar guía.
- Más allá del río: cruzando en balsa hacia Tibau do Sul se abren dunas, plantaciones de anacardos entre médanos y playas de nombres casi desconocidos como Malembá, Barreta y Camurupim. El paseo en buggy por esa zona arranca en unos 85 dólares por vehículo (hasta cuatro personas) y la versión de día completo ronda los 110. La balsa suma unos 2 dólares por persona.
Alojamiento y cuándo conviene ir
Los precios en Pipa todavía son razonables comparados con otros destinos del nordeste. Por una noche, las opciones más sencillas arrancan en torno a los 50 dólares. En temporada alta, cuando la costa brasileña se llena de argentinos y paulistas, las tarifas pueden escalar hasta los 400 dólares por noche en los alojamientos más completos. Como siempre, conviene reservar con anticipación y comparar en pesos lo que ofrece cada propiedad, sobre todo si se viaja en família y se necesita espacio.
Un dato práctico que no figura en ninguna guía y que vale oro: la gastronomía local tiene su propio reloj. La mayoría de los locales abre recién a media tarde, reservando la mañana para el mar. Por eso, en horas del almuerzo, lo mejor es buscarse una barraca de playa y pedir un pescado a la parrilla o un pastel de queijo. Al caer la tarde, la avenida Baía dos Golfinhos se transforma en mesas al aire libre con música en vivo.
Si hay algo que quiero recomendar de corazón es probar la moqueca, el plato insignia de la cocina potiguar, como se llama a la gastronomía de Río Grande del Norte. Es un guiso de pescado que cada cocinero versiona a su manera, pero que siempre lleva leche de coco, aceite de dendê y ese perfume a litoral brasileño que, créanme, no se olvida. Yo pediría la moqueca en el primer restaurant con vista al mar que encuentre en la calle principal. No se van a arrepentir.
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