Salud mental infantojuvenil en la Argentina: un sistema que llega tarde y llega partido
Niños, niñas y adolescentes atraviesan duelos, violencias y pantallas saturadas mientras los equipos profesionales son escasos, los servicios están desbordados y la respuesta queda repartida entre salud, educación y justicia.

Florencia Pereyra, Sociedad y educación. La fotografía que describen pediatras, psicólogos y docentes de distintos puntos del país muestra un mismo patrón: cada vez más chicos llegan a las aulas, a los consultorios y a las guardias con problemas para dormir, para alimentarse o para aprender, con marcas de autolesiones en el cuerpo o con relatos de violencia que cargaron en silencio durante años. Lo que en las últimas dos décadas era excepcional empezó a convertirse, de acuerdo con los registros que relevan los propios equipos de salud, en una presencia cotidiana en la atención primaria y en las emergencias.
La violencia aparece como uno de los ejes centrales del cuadro. Las estimaciones de UNICEF a las que adhieren los organismos de infancia seúlan que 1 de cada 8 niñas y mujeres sufrió una violación o agresión sexual antes de los 18 años, mientras que entre los varones la proporción es de 1 de cada 11. Buena parte de esas experiencias permanece silenciada porque nunca encontró un interlocutor, y sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse durante toda la vida. A ese trasfondo se suman maltratos cotidianos, negligencia y humillaciones que pocas veces quedan registrados en un expediente, pero que dejan huella en el cuerpo y en la conducta.
Qué cambia
Las plataformas digitales sumaron una dimensión nueva al escenario. Según datos de UNICEF, 1 de cada 4 adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez, en un mercado de apuestas online que creció de la mano de las pantallas. Además de la exposición a contenidos sexuales no deseados y a material que promueve conductas de riesgo, el uso intensivo de dispositivos funciona, en muchos casos, como refugio ante soledades que no encuentran otro lugar adónde ir, lo que termina reforzando el aislamiento en lugar de amortiguarlo.
Los resultados de las pruebas PISA 2025 aportan otra señal de alarma. Casi 8 de cada 10 estudiantes argentinos de 15 años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de 6 de cada 10 tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias, de acuerdo con el informe difundido por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Aprender exige atención, confianza y tolerancia a la frustración, recursos que se agotan cuando la energía psíquica está puesta en sobrevivir al hambre, la violencia o el abandono.
A quién alcanza
- Estudiantes secundarios que cursan los últimos años del nivel obligatorio y cargan situaciones críticas en su vida cotidiana.
- Chicos y chicas en situación de violencia sexual, física o psicológica, muchas veces sin un adulto de referencia que pueda acompañarlos.
- Adolescentes usuarios de apuestas online y de redes sociales con consumos problemáticos de pantallas.
- Familias que piden ayuda y tropiezan con listas de espera, falta de profesionales y respuestas descoordinadas entre ministerios.
- Equipos de salud, docentes y operadores judiciales que reciben pedazos de un mismo problema sin herramientas para abordarlo de manera integral.
Desde cuándo
El deterioro se describe como un proceso de varios años, profundizado por la pandemia de COVID-19 y, más recientemente, por la consolidación de las plataformas digitales como espacio cotidiano de socialización. En la actualidad, cuando una familia logra advertir que algo está mal y pide ayuda, puede encontrarse con servicios saturados, falta de profesionales especializados y tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia.
La atención suele llegar fragmentada: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital el síntoma y la justicia la infracción, mientras que el chico, en el medio, puede perderse como persona dentro de un circuito de informes e intervenciones. Especialistas y funcionarios consultados coinciden en que revertir esa lógica requerirá ampliar los equipos, integrar los sistemas de protección y garantizar un acompañamiento sostenido en los momentos críticos, en lugar de respuestas puntuales que se diluyen apenas cambia el turno o el efector.
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