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Stalingrado en pantalla: cuando doce mil extras revivieron el peor invierno de la Segunda Guerra Mundial

La película alemana de 1993 reconstruyó con crudeza la batalla más sangrienta del frente oriental, rodada en Finlandia bajo treinta grados bajo cero y con la actuación de veteranos amputados que le dieron al filme un realismo pocas veces visto.

EH
Elena HughesCultura y herencia galesa · · 5 min de lectura
Stalingrado en pantalla: cuando doce mil extras revivieron el peor invierno de la Segunda Guerra Mundial

Yo crecí escuchando a mi bisabuelo Hamish contar que en su valle de Gales el invierno duraba lo que los alemanes tardarían en arrepentirse de cruzar el Volga. Era una broma larga, de esas que se estiran como el silencio antes de una tormenta, y recién de grande entendí que escondía algo más que humor: escondía la memoria europea de un siglo que se partió en dos. Hace unos días, mientras ordenaba unos viejos libros en la biblioteca, me crucé con la historia de una película que conozco desde siempre pero que nunca terminé de mirar como se merece: Stalingrado, la épica alemana que llegó a las salas en 1993 y que hoy vuelve a estar disponible en plataformas de streaming. Es el tipo de filme que uno tiene que ver al menos una vez en la vida, no por morbo, sino porque nos recuerda lo que significó esa guerra para una generación entera de argentinos que también llegó de Europa con el frío metido en los huesos.

La Batalla de Stalingrado comenzó en agosto de 1942 y se prolongó durante meses, hasta la histórica rendición del Sexto Ejército alemán, el 2 de febrero de 1943. El enfrentamiento dejó alrededor de dos millones de muertos entre soldados de ambos bandos y civiles, y está catalogado entre los más cruentos de toda la Segunda Guerra Mundial. En su diario, Joseph Goebbels recogió que Adolf Hitler consideraba la toma de la ciudad una necesidad psicológica urgente, dado el valor simbólico que Stalingrado tenía para el régimen soviético. Las tropas que cruzaron el Volga recibieron la orden expresa de no rendirse bajo ninguna circunstancia, una directiva que terminó costándoles la vida a cientos de miles de jóvenes.

La reconstrucción de un infierno en la nieve

Llevar ese episodio al cine tomó décadas. La novela del alemán Theodor Plievier, publicada en 1945, recién encontró su adaptación fílmica casi medio siglo después, cuando el director Joseph Vilsmaier se empeñó en ponerla en pantalla con un presupuesto de 20 millones de marcos alemanes, el equivalente a unos 14 millones de dólares de la época, una suma enorme para una producción que buscaba retratar sin atenuantes el horror y el agotamiento de la batalla. El rodaje duró cinco meses completos y se desarrolló en varios países, porque rodar en Rusia resultaba imposible y la propia Stalingrado, hoy conocida como Volgogrado, había sido reconstruida por completo en la posguerra, sin edificios de la época para ambientar el relato.

Las secuencias más exigentes se filmaron en Finlandia, donde las temperaturas llegaron a treinta grados bajo cero, un escenario natural que la producción agradeció porque venía servido por el clima y porque además permitía mover grandes cantidades de gente sin levantar sospechas. Para las escenas de combate se movilizaron alrededor de doce mil extras, muchos de ellos soldados finlandeses, y se contrataron veteranos de guerra amputados para reforzar el realismo visual, una decisión ética discutible pero que el director defendió como necesaria para evitar el efectismo barato.

  • La película se basó en la novela de Theodor Plievier publicada en 1945.
  • Tuvo un presupuesto de 20 millones de marcos alemanes, unos 14 millones de dólares.
  • El rodaje duró cinco meses y se hizo en Finlandia y otros países, no en Rusia.
  • Se movilizaron alrededor de doce mil extras para las escenas de combate.
  • Se contrataron veteranos amputados para reforzar el realismo visual.
  • La recaudación en Alemania fue de diez millones de dólares, por debajo de lo esperado.
  • En España tuvo una recepción especialmente favorable, con 1,34 millones de euros.
  • Hoy se puede ver en Amazon Prime Video.

Un clásico que el cine posterior tapó

Un detalle técnico llama la atención: ninguna escena se filmó en la ciudad real. La destrucción masiva que sufrió Stalingrado durante el conflicto obligó a reconstruirla por completo en la posguerra, de modo que no quedaban edificaciones de la época para ambientar el relato. Esta licencia obligaría hoy a reconstruir digitalmente media ciudad, pero a Vilsmaier le bastó con los paisajes nevados del norte, donde el frío se siente en cada plano.

La película tuvo una recepción comercial tibia en su propio país: recaudó unos diez millones de dólares en Alemania, lejos de las expectativas que se habían puesto en un proyecto de esa envergadura. En España, en cambio, tuvo una recepción especialmente favorable, con ingresos equivalentes a 1,34 millones de euros, una cifra más que digna para un filme de guerra subtitulado en un país sin tradición cinematográfica bélica. Con el tiempo ganó el reconocimiento como referencia del cine bélico europeo, aunque su proyección internacional quedó opacada en parte por el estreno posterior de Enemigo a las puertas, la superproducción franco-estadounidense rodada en Berlín dedicada al mismo duelo entre un francotirador soviético y otro alemán.

El término galés hiraeth, que suele traducirse como nostalgia de un lugar al que nunca vas a poder volver, me parece el mejor resumen de lo que transmite esta película: es la sensación que tenían aquellos soldados cuando miraban el mapa y sabían que su casa quedaba a miles de kilómetros y que quizá no la volverían a pisar nunca. Stalingrado no es un filme cómodo ni amable, pero cumple con creces su función como documento histórico y como pieza de arte, y se puede ver hoy mismo desde la Argentina en cualquier pantalla conectada. Si alguno todavía no la vio, le sugiero tomarse un domingo, preparar un buen té con leche al estilo de Cardigan Bay y sentarse a mirarla. Vale la pena el viaje, aunque sea a través de la pantalla.

EH
Elena HughesCultura y herencia galesa

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