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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Steven Seagal se calzó la placa: el hombre que prefirió la frontera a Hollywood

El actor de los noventa dejó las cámaras y los guiones para sumarse a operativos de seguridad en el condado de Hudspeth, Texas, y reabre el debate sobre qué lugar ocupa la fama cuando aparece una vocación de servicio genuina.

EH
Elena HughesCultura y herencia galesa · · 4 min de lectura
Steven Seagal se calzó la placa: el hombre que prefirió la frontera a Hollywood

Yo me acuerdo de aquellas tardes en el valle, cuando un conocido del pueblo se calzaba la boina y se iba a colaborar con la patrulla rural como si fuera lo más natural del mundo, sin que nadie le pidiera un currículum ni le sacara una foto. Cada tanto, al pasar por el almacén, alguien dejaba caer que lo había visto volver con la camioneta llena de polvo y la mirada seria. La diferencia entre aquel gaucho de mi infancia y Steven Seagal es, claro, el caché, los millones de dólares amasados a base de patadas voladoras y la estantería llena de VHS. Pero la raíz, me parece, es la misma: un hombre que un día siente que la comodidad de su mundo ya no le alcanza y se va a servir a otro lugar. La noticia, conocida en las últimas horas, cuenta que Seagal dejó los sets de filmación para sumarse a tareas de seguridad en el condado de Hudspeth, en la frontera de Texas, y que las autoridades locales salieron a respaldarlo con una frase que vale la pena repetir: está allí porque le importa el país, no porque quiera figurar.

Lo que más me llamó la atención al leer los despachos no fue la foto de un actor empuñando un rifle de precisión en medio del desierto, sino la coherencia de un recorrido que arrancó mucho antes de la primera película. Seagal se topó con las artes marciales a los cinco años, en una exhibición que le quedó grabada. A los 17, todavía un pibe, se mandó solo a Japón sin manejar el idioma y sin un contacto conocido, y se quedó a entrenar durante años en dojos tradicionales. De ese proceso salió un cinturón negro y, más tarde, un séptimo Dan en Aikido, la disciplina (aiki, que significa unión; do, camino) que él mismo describe como el camino de la energía y la armonía. También fundó una academia en Japón que hoy conduce su exesposa, Miyako Fujitani, y que funciona como una suerte de prolongación de su propia historia personal.

Una metodología importada del tatami

El Aikido no se parece a ninguna otra arte marcial que uno haya visto en una película de acción. En lugar de buscar el golpe demoledor, propone redirigir la fuerza del adversario y resolver el conflicto con el menor daño posible. Ese principio, que a primera vista suena filosófico y hasta un poco naïf, es justamente el que, según las propias fuerzas del condado, Seagal traslada a los operativos de frontera: control, precisión y voluntad de evitar la confrontación directa. Cuando se trata de vigilar un tramo de desierto y de cruzarse con gente en situaciones límite, esa lógica se vuelve bastante menos naïf y bastante más práctica.

  • Recorrido formativo: a los cinco años descubrió las artes marciales; a los 17 viajó solo a Japón para formarse con maestros locales.
  • Logros marciales: cinturón negro y séptimo Dan en Aikido; fundó una academia en Japón, hoy dirigida por su exesposa Miyako Fujitani.
  • Películas que lo volvieron famoso: Hard to Kill (1990), Out for Justice (1991) y Under Siege (1992).
  • Nuevo destino laboral: condado de Hudspeth, Texas, donde se sumó a operativos de seguridad fronteriza bajo supervisión de autoridades locales.
“Está aquí porque le importa el país y quiere contribuir como cualquier otro residente.”Integrante de las fuerzas del condado de Hudspeth

Las autoridades del condado de Hudspeth fueron bastante claras a la hora de desactivar cualquier lectura cínica. Dijeron, sin rodeos, que la incorporación de Seagal no respondió a una estrategia de visibilidad pública y que sus aportes durante las jornadas de vigilancia fueron concretos, no simbólicos. Los vecinos, en tanto, reaccionaron de las dos maneras previsibles: algunos se cruzaron con él en la calle y casi se les cae el café, mientras que otros valoraron que un tipo con sus recursos se digne a ensuciarse las botas en el mismo terreno que cualquier otro. En los dos casos, según los partes oficiales, el compromiso fue el mismo.

Toda esta historia deja flotando una pregunta que excede a Seagal y que, me parece, nos toca de cerca como sociedad: cuántas veces una carrera artística puede convertirse, de verdad, en punto de partida para un rol genuino en el servicio público. No hablo de las operaciones marketineras que uno ve cada tanto, donde un famoso se saca una foto con un uniforme prestado y se vuelve a su casa. Hablo de algo más parecido a lo que hacía aquel gaucho de mi infancia: agarrar el camino, hacer la recorrida y volver con la camioneta llena de polvo. Si lo de Seagal se sostiene en el tiempo, el desierto de Hudspeth tendrá un custodio bastante particular. Y si no se sostiene, al menos habrá servido para recordarnos que la frontera entre la pantalla y la vida, a veces, se cruza con más decisión de la que imaginamos. Quienes quieran seguir de cerca el caso pueden consultar los partes oficiales del condado y las coberturas de los portales especializados en cine y seguridad, porque la historia, lejos de cerrarse, recién empieza.

EH
Elena HughesCultura y herencia galesa

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