Street Fighter en el cine: una secuela que se cocina en silencio y espera la respuesta de la sala
El director Kitao Sakurai ya escribe ideas para una segunda parte, pero dejó en claro que todo depende de cómo reciba el público la primera entrega, que se estrena el 16 de octubre de 2026 con David Dastmalchian como M. Bison y secuencias animadas que prometen sacudir a los fans de siempre.

Les confieso algo: cada vez que escucho el golpe seco de un hadouken en una pantalla, vuelvo por un segundo al living de la casa de mis abuelos en el valle, donde un primo mayor me prestaba la consola y yo, sin entender una palabra de inglés, trataba de descifrar por qué aquel tipo de traje blanco se empecinaba en lanzar bolas de energía. Aquella sensación de descubrimiento, esa mezcla de fascinación y desamparo frente a un mundo que todavía no podía nombrar, es lo que vuelve cada vez que una adaptación de Street Fighter aparece en el horizonte. Y en este 2026, con el estreno a la vuelta de la esquina, esa sensación está más viva que nunca, porque lo que se viene no es solo una película: es el primer paso de algo que podría terminar siendo una saga entera, o un nuevo intento que se queda en el camino.
La película, cuyo estreno está previsto para el 16 de octubre de 2026, es una adaptación en imagen real que toma como punto de partida los eventos posteriores al segundo Torneo World Warrior. Ahí están Ryu y Ken, los dos protagonistas de toda la vida, ya curtidos por combates que los marcaron, y del otro lado aparece la gran amenaza: M. Bison, interpretado por David Dastmalchian. Para meterse en la piel del villano, el actor fue directo a un lugar bastante oscuro: estudió el comportamiento de líderes de cultos reales, lo que le permitió construir un personaje con esa impronta mesiánica y perturbadora que el rol exige. La elección se nota en el tono general del filme, según se desprende del material que se viene difundiendo.
Lo que más entusiasmo genera entre los seguidores
- Las secuencias animadas que exploran el pasado de Ryu y Ken junto a su maestro Gouken y al hermano de este, Akuma, un segmento que la comunidad ya celebra por su fluidez y por el estilo artístico elegido, en una suerte de homenaje al animé que les dio origen.
- La presencia de David Dastmalchian como M. Bison, un actor que viene de papeles inquietantes y que parece dispuesto a imprimirle al villano una peligrosidad muy concreta.
- La decisión de continuar la historia desde el segundo Torneo World Warrior, lo que le permite a la producción tomar distancia del origen clásico y mostrar a los personajes ya formados, atravesados por sus propias sombras.
- El rumor persistente sobre la ausencia de Sagat en los materiales promocionales, que muchos fans leen como un guiño del equipo de producción: reservar al luchador icónico para una posible segunda parte es una hipótesis que circula con fuerza en foros y redes.
Sobre ese último punto quiero detenerme un instante, porque la lectura de los fans es tan interesante como el propio personaje. Sagat es, para cualquiera que haya gastado monedas en un arcade, algo más que un rival: es la sombra de Ryu, la herida que nunca termina de cerrarse, la prueba de que hasta los mejores tropiezan. Que no figure en los materiales oficiales no significa nada confirmado, y el propio equipo lo trata con prudencia, pero la sospecha de que podría estar guardándose como as bajo la manga para una secuela es, cuanto menos, tentadora. Y, tratándose de un videojuego con más de tres décadas de historia, cada decisión de casting parece estar pensada como una pieza de un rompecabezas mayor.
La secuela, atada a la respuesta de la sala
Lo más jugoso de todo esto lo dijo el director Kitao Sakurai, que en declaraciones recogidas por distintos medios confirmó que ya está trabajando en el guion de una eventual segunda parte. Pero lo hizo con la prudencia de quien sabe que en este negocio las promesas se miden en recaudación, no en buenas intenciones. En sus propias palabras, reproducidas en el material de base: "Es algo en lo que estamos pensando y desarrollando (...). También depende de cómo reaccione la gente a esta entrega y de si apoyan esta visión de la historia. Definitivamente tenemos muchas ideas y estamos escribiendo actualmente, pero no quisiera hacer promesas sobre lo que haremos exactamente". Una frase que, traducida del idioma de los estudios al castellano de todos los días, viene a decir algo así: queremos seguir, pero primero dejennos ver cómo les va en la taquilla.
El elenco acompaña ese mismo tono de cautela. Los actores consultados coincidieron en que hay voluntad de continuar, pero también en que la continuidad se va a definir por el comportamiento del público en las salas. Es una lógica tan vieja como el propio Hollywood, y al mismo tiempo tan actual como cualquier franquicia de videojuegos que intenta dar el salto al cine. La diferencia, en este caso, es que del otro lado hay una comunidad de seguidores que lleva décadas esperando una adaptación que les haga justicia, y que ya ha visto frustrarse más de un intento. Esa comunidad es, en la práctica, la que tiene la última palabra.
A mí, que me crie entre cassettes y consolas, que aprendí a decir "hiraishin" (el rayo, en japonés) y "hadou" (la ola, también en japonés) antes que muchas palabras de mi propio idioma, esta película me encuentra en un lugar muy particular. Quiero que le vaya bien, claro, porque quiero que Sagat aparezca, porque quiero ver qué hacen con Akuma, porque quiero esa segunda parte que Sakurai dice estar escribiendo en algún escritorio de este mundo. Pero también entiendo que la decisión ya no está en manos del director ni del elenco: está en la de quienes elijan pagar una entrada y sentarse en la butaca. Y acá va mi invitación, que es la misma de siempre: si te gusta Street Fighter, si alguna vez te quedaste hasta las tres de la mañana practicando combos, andá a verla. No solo por nostalgia, sino porque el próximo paso de la saga depende de que la sala se llene. Y porque, como me decía mi abuela con ese gallego suave de las tardes de domingo (cariño, en galés, que suena a nair), las cosas que valen la pena hay que cuidarlas en el presente, no solo en el recuerdo.
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