Villa Ortúzar se cocina a fuego lento: cómo un barrio de paso se volvió destino gastronómico
Alquileres más baratos, locales más grandes y veredas anchas atraen a cocineros y pasteleros que prefieren apostar por el producto antes que por el transeúnte casual

Les confieso algo: hasta hace poco, cada vez que escuchaba hablar de Villa Ortúzar como destino gastronómico, me agarraba esa mezcla de curiosidad y escepticismo que les pasa a los que damos vueltas por Buenos Aires hace décadas. El barrio siempre fue de casas bajas, de esos donde la vida pasa sin apuro y las veredas son tan anchas que invitan a caminar, pero no precisamente con hambre. Sin embargo, en los últimos años algo se movió por ahí, y tiene más lógica de la que uno imagina a primera vista.
La clave está en los números, como suele pasar en estos casos. Los alquileres en Villa Ortúzar se ubican entre un 15 y un 20 por ciento por debajo de lo que se paga en zonas más recorridas como Chacarita o Núñez. Y esa diferencia, que parece menor cuando uno la lee en un papel, se transforma en el mundo real en metros cuadrados extra: depósito más grande, cocina cómoda, mesas al aire libre los días de sol, lugar para estacionar sin dar tres vueltas a la manzana. En un momento donde abrir un restaurante se volvió casi una operación de riesgo, ese respiro pesa.
Un galpón que se volvió confitería
El caso que más me llamó la atención es el de una pastelería que abrió en 2023 sobre lo que antes era un depósito de materiales. Conservaron la estructura original del galpón, armaron mesas bien separadas entre sí y se dieron cuenta de algo que en Palermo o en Belgrano sería un milagro: la gente va, se sienta a trabajar o a tener una reunión, y se queda. Les termina rindiendo más el desayuno largo con varias rondas de café que la venta para llevar. El ticket promedio les queda más alto que el del local que el mismo proyecto tiene en otro barrio. Y eso, miren, es toda una declaración de principios.
Pero no todo es nuevo en el barrio, y eso también es parte del encanto. Villa Ortúzar ya tenía clientes propios antes de que nadie empezara a hablar de ella como destino: una pizzería donde la cola por la fugazzeta rellena es leyenda, una parrilla que atiende las 24 horas, una cervecería abierta desde 1943 con picadas y milanesas que son parte de la memoria del barrio, y un bar notable inaugurado en 1930 que cualquiera que haya caminado por ahí sabe ubicar. Esos clásicos armaron la clientela que hoy prueban seducir los nuevos. La lógica, entonces, no es reemplazar sino sumar: cada local que abre le da una razón más a alguien para tomarse el colectivo hasta ahí.
Geográficamente, el barrio está a un paso de Chacarita, Colegiales y Villa Urquiza, todos con oferta consolidada. La Comuna 12, que incluye a Villa Urquiza, Saavedra, Coghlan y Villa Pueyrredón, fue la que más creció en población entre 2010 y 2022 según el Censo 2022. Hay público, hay calles, hay espacio. Lo que falta, me parece, es ese boca a boca que en Buenos Aires tarda pero llega. Y cuando llega, no se va más.
Dónde comer y qué pedir
- En la pizzería clásica: fugazzeta rellena, sí o sí. La cola en la vereda existe por algo, y vale cada minuto.
- En la parrilla de 24 horas: achuras para arrancar y un bife de chorizo a la hora que sea. La dignidad del porteño con hambre.
- En la cervecería desde 1943: picada para compartir y milanesa con papas fritas. Es un viaje en el tiempo servido en el plato.
- En el bar notable de 1930: sentarse en la barra, pedir un café con leche bien hecho y mirar la calle. Eso no tiene precio.
- En la pastelería del galpón: desayuno largo con medialunas de manteca y café recién hecho, y quedarse una hora sin culpa.
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