Donde el mar se llena de soplidos: la ruta de las jorobadas que enamoran a la Argentina
Entre julio y noviembre, las ballenas jorobadas transforman el litoral brasileño en un escenario único. Abrolhos, en el sur de Bahía, concentra la mayor actividad, pero los avistamientos se extienden hasta São Paulo y mueven la economía de pueblos que viven fuera del calendario de verano.

Amanecí en el muelle de Caravelas con el termómetro todavía tibio y el agua revuelta por el viento del sur. La lancha se separa despacio del puerto y, a los pocos minutos, un soplido largo y bajo corta la bruma: una jorobada emerge a un cable de nuestra borda, muestra el lomo oscuro y se vuelve a hundir sin apuro. El guía apaga el motor y, en ese silencio, se escucha cómo el mar entera respira. Esa escena, que se repite cada invierno desde hace décadas en el extremo sur de Bahía, es la postal que mueve hoy a un turismo distinto al de playa.
Entre julio y noviembre, las ballenas jorobadas Megaptera novaeangliae recorren unos ocho mil kilómetros desde la Península Valdés, en la Patagonia argentina, hasta las aguas cálidas del litoral brasileño. Vienen a aparearse, a dar a luz y a amamantar a las crías en fondos rocosos poco profundos. Con el correr de los años, esa concentración se fue corriendo hacia el norte y hoy los avistamientos se relevan a lo largo de casi mil kilómetros de costa, desde el archipiélago de Abrolhos hasta el litoral de São Paulo.
Abrolhos, el corazón de la temporada
El archipiélago de Abrolhos, declarado parque nacional marino en 1983, sigue siendo el punto caliente de la reproducción. La mayor densidad de parejas y de madres con ballenatos se registra en los bajíos que rodean los islotes, a unas pocas horas de navegación desde Caravelas y Prado, los dos puertos de salida más usados por los operadores.
Una economía que se mueve fuera de temporada
El Instituto Baleia Jubarte, creado en 1988 como un proyecto de investigación, terminó convertido en el motor económico de la región. La entidad sostiene programas de monitoreo, capacita a guías y certifica a los prestadores. Según publicó la prensa local, el vicepresidente del Instituto, Enrico Marcovaldi, suele repetir una idea queResume el espíritu de la actividad: la ballena viva vale mucho más que muerta, porque genera empleo, dinamiza hoteles y restaurantes y, sobre todo, vuelve turistas en protectores.
“La ballena viva vale mucho más que muerta. Ver una ballena convierte a la gente en su protectora.”Enrico Marcovaldi, vicepresidente del Instituto Baleia Jubarte
El propio presidente de la organización, Eduardo Camargo, describió el fenómeno como una nueva temporada de turismo que se monta sobre los meses más flojos del calendario. En Caravelas, un pueblo de poco más de veinte mil habitantes, la llegada de operadores, lanchas y visitantes sostiene una red de hospedajes, restaurantes y capitanes que, sin las jorobadas, pasarían el invierno con las persianas bajas.
Cómo se hace un avistaje responsable
El crecimiento del avistaje, alertan los biólogos marinos, debe correr parejo con esos protocolos. Aumentar la cantidad de lanchas sin control podría estresar a madres y crías en fondos donde el espacio para alejarse es escaso. Por eso, antes de reservar, vale chequear que el operador figure en los listados oficiales y que entregue una charla previa de comportamiento en el agua.
Qué tener en cuenta si viajás desde la Argentina
Para los lectores que están pensando en armar la valija, algunos datos prácticos. La temporada fuerte va de mediados de julio a fines de octubre, con pico en agosto y septiembre. Los vuelos a Porto Seguro o Ilhéus, en el sur de Bahía, son los más cómodos para llegar a Caravelas. El acceso al parque nacional de Abrolhos exige autorización previa y se hace siempre en embarcaciones autorizadas, ya que los islotes están protegidos y no admiten desembarco libre. Conviene llevar repelente, protector solar, abrigo liviano para las madrugadas en el mar y, sobre todo, paciencia: ver a las ballenas depende del clima, del estado del mar y de que los animales decidan aparecer.
Antes de subir a la lancha, una recomendación que vale más que cualquier cámara: apagar el teléfono unos minutos y mirar el horizonte. Cuando una jorobada sale a respirar a metros de la proa, lo que queda no es una foto, es la conciencia de que proteger ese tránsito oceánico depende también de cada elección que hacemos en la costa.
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