Fernando Confessore, el hombre que nos enseñó a mirar el cielo antes de salir de casa
El meteorólogo murió a los 58 años en su casa de Versailles y dejó una huella profunda en la televisión argentina: más de tres décadas explicando el clima con una claridad y una calidez que sus colegas todavía celebran.

Les confieso que cada vez que escucho el parte del tiempo en la radio de la cocina me acuerdo de mi abuelo Morris, que vivía en un pueblo del valle de Nant Peris y antes de salir a la chacra miraba el cielo con las manos cruzadas atrás de la espalda, como quien lee una carta. Aquel viejo gales me decía siempre que el clima era una conversación que uno mantiene con el aire, y que había que aprender a escucharlo para no quedar a la intemperie. Cuando supe de la muerte repentina de Fernando Confessore, a los 58 años, en su casa de Versailles, sentí exactamente lo mismo que sentía cuando mi abuelo me contaba que el vecino del caserío de al lado se había ido sin avisar: la sorpresa de perder a alguien que, de tanto aparecer, parecía que iba a estar siempre ahí, detrás del mapa sinóptico, señalándonos con el dedo dónde iba a llover.
Confessore se había despedido de su equipo el jueves por la tarde con una broma que hoy suena a despedida en serio. Antes de irse del estudio les dijo a sus compañeros algo que todavía resuena entre quienes trabajaron con él: que él iba a estar siempre, que estaba aunque no lo vieran, que estaba ahí, siempre presente. Horas después, en su domicilio de Versailles, sufrió una descompensación y murió. Tenía 58 años, tres hijas (Julieta, Candela y Jimena) y una compañera de toda la vida, Paula Franco, que debieron recibir la noticia más injusta que le puede llegar a una familia.
Una decisión de juventud frente a una tormenta histórica
Lo que pocos saben es que su vocación nació literalmente bajo el agua. El 31 de mayo de 1985, cuando apenas tenía 16 años, Buenos Aires sufrió una tormenta que quedó en los manuales: cayeron 330 milímetros en 48 horas, una cuarta parte de la ciudad quedó inundada y hubo catorce muertos. El propio Confessore volvía al colegio cuando se encontró con el agua a la altura de las rodillas. Miró al cielo y tomó una decisión que cambió la meteorología en la televisión argentina. Su colega y amigo Santiago do Rego lo explicó con una frase que define a la persona: fue el momento en que dijo que tenía que contarle a la gente qué iba a pasar para que estuviera preparada. Desde entonces, durante más de tres décadas, no paró de intentarlo.
“Confe, ¿va a nevar en Buenos Aires? Me divertía mucho picantearte y vos, siempre con esa respuesta tan seca, terrenal y divertida.”Cecilia Martí, colega
El libro, el club y la familia
- Coescribió en 2006 junto a Mauricio Saldívar el libro Meteorología para todos, una de las pocas referencias en castellano que acercaba la disciplina al público general con el mismo tono claro que usaba en cámara.
- Era socio y vecino del Club Atlético Vélez Sarsfield, que publicó un comunicado en el que lo despidió como una de las figuras más reconocidas de la meteorología televisiva por su claridad para comunicar, su profesionalismo y su cercanía con el público.
- Su hija mayor Julieta, jugadora de vóley, lo despidió en sus redes con dos historias de fotos familiares y una sola frase que duele: te voy a amar y extrañar toda la eternidad.
- Mauricio Saldívar, su compañero de pasión, eligió una imagen de ambos bajo cielo abierto para escribirle: qué tristeza y sorpresa enorme, un placer haber compartido contigo la pasión por la meteorología, hasta siempre Fernando, gracias por tanto.
- Eleonora Cole, otra colega, lo resumió en pocas palabras: sencillo, de perfil bajo, profesional como pocos y un tipazo de corazón enorme.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Seguí leyendo

John Travolta fue el primer actor convocado para interpretar a Forrest Gump: por qué rechazó el papel

James Gunn tranquiliza a los fans y defiende el retraso de 'The Batman 2' de Matt Reeves por parte de Warner y DC

Dos hombres y un barco que vuelve del pasado: la nueva película de Mark Jenkin
