Fito Páez al piano, frente a Pergolini: el sueño de dirigir una orquesta y la sombra infinita de Charly
El rosarino volvió a Otro día perdido, tocó sus canciones y contó que quiere aprender a pararse frente a una formación orquestal. También recordó las giras con Charly García y por qué el público alguna vez no reconoció los clásicos de su colega.

Cada vez que escucho un piano bien tocado me acuerdo de las tardes en el valle, cuando mi vieja dejaba la ventana abierta y la música se mezclaba con el viento entre los eucaliptos. Por eso no pude evitar sonreír cuando supe que Fito Páez volvió a sentarse frente al teclado, esta vez en Otro día perdido, el programa de Mario Pergolini, y se sentó a charlar como quien se reencuentra con un viejo amigo en un bar de barrio. La nota que cruza esa visita no es solamente musical: también es humana, porque el rosarino se animó a contar un deseo que hace tiempo le da vueltas en la cabeza, y a la vez revisitar una de las amistades más comentadas del rock argentino.
El sueño de pararse adelante de todos
Lo que más me llamó la atención de la charla, y supongo que también a cualquiera que haya visto el programa, fue la confesión que dejó a Páez con la mirada encendida: quiere aprender a dirigir una orquesta. No es un capricho de estrella, ni una ocurrencia para la próxima gira. El propio Fito lo dijo con una frase que me quedó rebotando en la cabeza, porque define bien lo que siente cada vez que se cruza con una formación sinfónica: "me apasiona la máquina orquestal y cómo funciona". Y esa pasión, traducida al idioma de todos los días (cyffro, dirían los galeses, esa palabra que usamos para nombrar el entusiasmo que nos tiembla en el pecho), es la que lo empuja a pensar en un nuevo capítulo formativo a esta altura de su carrera.
Lo interesante es que la idea no surgió como un anuncio rimbombante, sino como una de esas cosas que se dicen en confianza mientras suena el piano. Páez habló de la complejidad del aparato orquestal, de cómo se mueve, de la cantidad de decisiones que hay que tomar cuando uno se planta adelante y tiene que sostener el pulso de decenas de músicos. Para un tipo que lleva décadas componiendo arreglos y produciendo discos, el salto hacia la dirección parece más una evolución natural que una aventura excéntrica.
Charly, la melena y las cosas que no se preguntan
Pero el programa no se quedó ahí. Pergolini, que tiene el olfato fino para ir a buscar el ángulo justo, le preguntó por una imagen que quedó grabada en la memoria de varios: por qué Charly García tocaba de espaldas al público durante la gira que compartieron. La respuesta de Fito arrancó con la cuota de humor que siempre lo caracterizó: "hay que preguntarle a Charly", dijo, y dejó claro que García nunca había explicado demasiado aquella decisión. Lo que sí se animó a hacer fue leerla como una decisión escénica, casi una declaración de principios: a su entender, Charly quería que el público viera una melena en movimiento, una silueta entregada a la música sin distracciones de gestos ni de caretas.
Y acá aparece algo que a mí, como oyente de toda la vida, me pareció de los más valiosos del reportaje. Páez no se quedó en la anécdota: contó que esa experiencia le sirvió como aprendizaje, y lo resumió con una honestidad que le honra: "me sirvió porque aprendí un montón". Es la confirmación de que aquellos años de ruta compartida dejaron huella, y de que la figura de Charly, más allá de los mitos y las leyendas, fue también una especie de escuela ambulante para los músicos que le tocaron cerca.
La memoria corta y las canciones que se olvidan
Hubo otro tramo de la charla que me dejó pensando más de lo que esperaba. Fito recordó que, unos quince años atrás, había armado un concierto entero con temas de Charly que él consideraba clásicos absolutos, y se topó con un dato que lo sacudió: buena parte del público presente no los reconocía. A partir de ese episodio, el rosarino dejó flotando una preocupación que a mí me parece central para cualquiera que ame la música popular: qué lugar ocupa hoy un repertorio enorme en la memoria cultural de las nuevas camadas, y cómo se construye (o se pierde) la idea de clásico en tiempos de listas algorítmicas y memoria fragmentada.
No fue un reproche, ni una queja generacional. Fue, más bien, una observación serena de alguien que vio con sus propios ojos cómo canciones que para él eran indiscutibles podían sonar (extrañas) para oídos más jóvenes. Y esa frase, lanzada al pasar, abre un debate que excede a Charly y atraviesa a cualquier autor o autora cuyo catálogo aspire a perdurar.
El cierre, otra vez en el piano
Como no podía ser de otra manera en un programa que lleva el nombre de una canción de Fito, el cierre volvió a poner las teclas en el centro de la escena. El rosarino regresó al piano y se entregó a un set de canciones que le fueron pidiendo Pergolini y los panelistas Evelyn Botto y Agustín "Soy Rada" Aristarán, que se prendieron a la modalidad propuesta por el conductor y armaron una especie de pedido colectivo. La selección terminó de redondear una visita que combinó interpretación, confesiones y un costado pedagógico poco habitual en la televisión de actualidad.
Antes de irme, lo dejo por si a alguien le pasa como a mí y quiere escuchar otra vez al Fito de las grandes ocasiones: vale la pena buscar las grabaciones en piano de "Al lado del camino" y de tantos otros temas que el rosarino viene desempolvando en estas apariciones. Si andan por Buenos Aires y tienen la chance de verlo en vivo cerca de un teclado, no la duden. A veces uno vuelve de un show con la sensación de haber escuchado un disco que todavía no existe, y eso, en nuestra música, es de las cosas más lindas que pueden pasar.
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