Saltar al contenido
Viernes, 16 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Buscar ⌕
Viento Sur Noticias

Viento Sur Noticias

Un escritorio, una silla y la ausencia: Patricio Abadi convierte el duelo en teatro

El dramaturgo reconstruye los últimos meses de su madre en un unipersonal donde conviven el VHS casero, el humor ácido y las palabras de Susan Sontag. Una propuesta austera que huye del golpe bajo y deja al espectador frente a lo esencial: qué le decimos a quien se está yendo.

EH
Elena HughesCultura y herencia galesa · · 4 min de lectura
Un escritorio, una silla y la ausencia: Patricio Abadi convierte el duelo en teatro

Cuando era chico y mi viejo me llevaba a la escuela por el camino de tierra que bordeaba el valle (llanura, le decían algunos, aunque siempre me pareció una exageración para una franja verde entre dos sierras), yo miraba las casas de los vecinos y trataba de adivinar, por las cortinas y los autos en la entrada, qué historias se escondían detrás. Había una casa en la que siempre había silencio, y mi viejo me dijo una vez que eso quería decir que adentro alguien estaba enfermo. Me quedó grabado eso: que el silencio no es nunca vacío, sino que está lleno de cosas que no se dicen. Por eso, cuando me enteré de que Patricio Abadi había decidido subir a un escenario a contar la enfermedad y la muerte de su madre, sentí que estaba haciendo exactamente eso: romper el silencio de una casa, pero al revés, desde el living hacia la calle, para que todos podamos asomarnos.

La decisión de no esconderse detrás de un personaje

Abadi es un dramaturgo con más de cuarenta obras en su haber y un nombre instalado en el teatro argentino, de esos que circulan con respeto en la cartelera. Pero Lenguajes del adiós, el unipersonal que se presenta los domingos a las 18 en El Camarín de las Musas (Mario Bravo 960), no es una obra más. Acá no construye un personaje, no se disfraza, no inventa una ficción para hablar de algo real: está él mismo, parado frente al público, con el cuerpo y la voz de quien atravesó un duelo y decidió contarlo.

El centro del relato es su madre, profesora de letras, que murió de cáncer de páncreas. Y acá aparece la primera decisión fuerte de la puesta: la austeridad. No hay luces teatrales elaboradas, no hay una videoescena con pantallas gigantes ni edición estridente. La escenografía se reduce a un escritorio pequeño, una silla, algunos objetos y una pantalla donde se proyectan registros en VHS filmados por el propio Abadi y su hermano en los últimos meses de vida de ella. Esas imágenes, caseras, con esa textura antigua y un poco temblorosa que tiene el VHS, funcionan como columna vertebral del espectáculo. Uno mira y piensa: esto fue real, esto pasó en un living de verdad, en una cocina de verdad, entre personas de verdad.

Dolor y humor, en la misma frase

Hay un riesgo enorme cuando un artista decide contar algo tan íntimo: caer en la sensiblería, en el golpe bajo, en el melodrama. Abadi lo esquiva a fuerza de mezclar registros. La obra alterna el dolor con el humor con una naturalidad que sorprende. En un tramo, por ejemplo, cuenta la primera presentación de su pieza Ya no pienso en el matambre ni le temo al vacío en un festival teatral, y recuerda la reacción de su madre esa noche. Es uno de esos momentos donde la platea se ríe y, dos segundos después, siente un nudo en la garganta, sin entender bien por qué.

“El cáncer de páncreas está asociado a la falta de dulzura. Y yo pienso en mamá. En todas las caricias que le fueron sustraídas a mi mamá desde la infancia. No nacer del deseo sino de la atrocidad.”Susan Sontag, citada por Patricio Abadi en escena

Esa frase de Susan Sontag aparece en la obra como una llave que abre la historia personal y la conecta con algo más grande, más histórico, más político también, porque habla de lo que se le quita a ciertas personas antes incluso de nacer. Abadi la trae a su madre, la vuelve biografía, y de pronto esa cita que uno leyó en un libro se convierte en algo que duele en el cuerpo.

La vida que sigue, en off

Hacia el final, la propuesta suma otro elemento delicado: aparecen imágenes en video del hijo pequeño de Abadi junto a su exesposa. Es un contrapunto que no está puesto ahí como decoración, sino como una manera de señalar la continuidad de la vida, lo que sigue después del duelo, lo que nace cuando otra cosa se termina. Esos minutos, breves, dicen sin gritar lo que muchas obras más largas no logran decir.

El espectáculo tuvo su estreno en el Teatro Nacional Cervantes y ahora lleva su temporada en El Camarín de las Musas, un espacio más chico, más cercano, quizás más apropiado para una historia de esta intimidad. Dura sesenta minutos, que es exactamente lo que necesita: ni más ni menos. Si les pasó como a mí y vienen pensando en ir, les cuento que vale la pena llegar temprano, sentarse cerca, y dejarse llevar por alguien que eligió no esconderse para contar lo más difícil. Después, si quieren, nos cruzamos a tomar un café y hablamos de lo que les dejó. Yo todavía estoy ordenando lo que me dejó a mí.

  • Obra: Lenguajes del adiós, unipersonal de Patricio Abadi.
  • Función: domingos a las 18, en El Camarín de las Musas (Mario Bravo 960).
  • Duración: 60 minutos.
  • Puesta: escenografía austera, con escritorio, silla y proyecciones de VHS caseros.
  • Estreno previo: Teatro Nacional Cervantes.
  • Tema: el proceso de enfermedad y muerte de la madre del autor, profesora de letras, a partir de cáncer de páncreas.
  • Recursos destacados: alternancia de humor y dolor, cita de Susan Sontag y registro en video del hijo pequeño de Abadi como imagen de continuidad.
EH
Elena HughesCultura y herencia galesa

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo