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Entre himnos y reguetón: la aventura de "La llamada", el musical que reavivó la fe en otro formato

El debut cinematográfico de Los Javis, nacido en un escenario del centro de Madrid, cruzó canciones, risas y preguntas íntimas sobre la identidad, y terminó pisando fuerte en los Goya con cinco nominaciones y un premio a la mejor canción original.

EH
Elena HughesCultura y herencia galesa · · 5 min de lectura
Entre himnos y reguetón: la aventura de "La llamada", el musical que reavivó la fe en otro formato

Siempre que alguien me cuenta que de chico soñaba con cantar en un escenario de pueblo mientras juntaba coraje para subirse al tablado, no puedo evitar acordarme de las tardes de verano en el valle, cuando el coro de la capilla ensayaba a metros de la casa de mi abuela y el sonido de las voces se mezclaba con el aroma a pasto recién cortado, que en galés decimos "glas" (verde, la palabra más repetida cuando uno describe el campo después de la lluvia). Por eso, cuando la historia de "La llamada" me volvió a pasar por los ojos, sentí que hablaba de algo que conozco: ese momento en que una canción cualquiera, aunque sea un reguetón tímido, puede abrir una puerta que la fe de toda la vida no alcanza a empujar. Les quiero contar por qué este musical me parece una rareza entrañable del cine español reciente, y por qué creo que vale la pena revisitarlo, incluso si ya lo vieron, porque cada vez que regresa a la conversación deja una huella distinta en quien lo mira.

Una comedia con algo más que hacer reír

La película, estrenada en 2017 y dirigida por Javier Calvo y Javier Ambrossi, el dúo conocido como Los Javis, tiene una idea aparentemente simple: dos adolescentes, María y Susana, integrantes del grupo Suma Latina, quieren dedicar el verano a ensayar reguetón en un campamento cristiano de Segovia llamado La Brújula, mientras evitan que las monjas que lo conducen las descubran en pleno delito musical. Lo que arranca como una picardía veraniega se va transformando cuando María empieza a ver apariciones de Dios, literalmente, y a preguntarse si lo que le pasa tiene que ver con la fe que le enseñaron o con algo mucho más íntimo que todavía no sabe nombrar. Y aquí aparece lo que me parece lo más interesante del filme: no se queda en el chiste ni en la sátira fácil contra la institución religiosa, sino que se anima a contar cómo se construye una identidad propia cuando todo alrededor, desde los himnos hasta las reglas del campamento, parece empujarte hacia un molde que no elegiste, y lo hace con la calidez de quien entiende que el deseo, cuando aparece, no se discute, se acompaña.

El elenco es uno de los grandes orgullos de la película y, me animo a decir, una de las razones por las que la historia funciona con tanta naturalidad, porque no se nota el esfuerzo de la actuación sino todo lo contrario, da la sensación de que estas actrices llevan años viviendo dentro de sus personajes. Macarena García y Anna Castillo están espléndidas como las protagonistas que se rebelan y, al mismo tiempo, se descubren a sí mismas, y comparten escenas con dos monjas que, cada una a su manera, también están revisando lo que creen. La hermana Milagros, a quien Belén Cuesta le pone cuerpo y voz con una picardía que contagia, tiene un momento que a mí, particularmente, me desarma cada vez que lo recuerdo: se saca el hábito, se pone otra ropa, se para frente al espejo y canta temas de Presuntos Implicados, como si estuviera recordándole a la mujer que fue antes de ponerse la toca que sigue ahí, intacta, esperando. Y la hermana Bernarda, interpretada por Gracia Olayo con esa mezcla de firmeza y ternura que la actriz domina como pocas, muestra sus propias contradicciones entre lo que predica y lo que siente, y termina siendo tan querible como las adolescentes, lo que habla muy bien de un guion que se niega a repartir villanías.

Del Teatro Lara a los Goya: un recorrido poco habitual

  • La historia nació como musical en el Teatro Lara de Madrid, donde se estrenó en 2013 con apenas ocho funciones previstas; la respuesta del público fue tan sostenida que la obra extendió su temporada y se convirtió, con el tiempo, en una de las propuestas más queridas de la escena independiente madrileña.
  • La versión cinematográfica, que fue el debut de Los Javis como directores de cine, llegó a las salas en 2017 y fue celebrada tanto por el público como por la crítica, que valoró especialmente el equilibrio entre comedia, música y retrato de los personajes.
  • En los premios Goya de 2018 la película recibió cinco nominaciones y se llevó el premio a mejor canción original por el tema compuesto por Leiva, un reconocimiento que terminó de instalar a Los Javis como una de las voces más originales del audiovisual español contemporáneo.

Hay algo que me gusta remarcar cuando hablo de esta película, y es la honestidad con la que se cruzan los temas más delicados, como la fe, la diversidad sexual, las expectativas familiares y el deseo, sin tratar a ninguno como el antagonista principal, porque el verdadero antagonista, si es que hay uno, es el miedo de cada personaje a escucharse a sí mismo, un miedo que a los cuarenta, a los cincuenta o a los sesenta años no se va, simplemente cambia de disfraz. Susana, por ejemplo, empieza a revisar las normas que le organizan la vida, no porque le hayan mentido sino porque se da cuenta de que ya no le alcanzan, y ese proceso, que en una adolescente puede parecer abrupto, en un adulto se estira durante años, a veces décadas, y la película lo cuenta con una delicadeza que agradece cualquiera que haya pasado por algo parecido. Si todavía no la vieron, les sugiero que la busquen un fin de semana, se sienten tranquilos, y se dejen llevar por la música, las risas y las preguntas que no necesitan respuesta inmediata, porque a veces las mejores conversaciones con uno mismo empiezan con un himno desafinado.

EH
Elena HughesCultura y herencia galesa

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